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Mi autobiografía en tiempo real. Un diario donde documento mi vida, mis recuerdos y los pequeños momentos que algún día no quiero olvidar. No escribo para enseñar algo; escribo para recordar quién fui. ¡Gracias por pasarte a leer! 🌸

jueves, 16 de julio de 2026

Quedarme en dos universidades no borró dos años de dolor, pero sí les dio un significado

Hay momentos en los que la vida parece avanzar para todos menos para ti.

Durante casi dos años viví con esa sensación. Mientras veía a personas de mi edad comenzar la universidad, hacer nuevos amigos, quejarse de tareas o hablar de exámenes, yo seguía en el mismo lugar. Cada convocatoria representaba una esperanza y cada resultado era un recordatorio de que, una vez más, no había sido suficiente.

Con el tiempo dejé de contar los días y empecé a contar las oportunidades perdidas.

No estaba haciendo nada con mi vida, al menos así lo sentía. Y esa sensación pesa más de lo que muchos imaginan. Porque no solo dudas de tus capacidades; también comienzas a cuestionar tu valor. Llegan pensamientos como: "¿Y si nunca lo logro?", "¿Y si todos tenían razón?", "¿Y si simplemente no soy suficiente?"

Lo peor de quedarse atrás no es el tiempo. Lo peor es sentir que el mundo no te espera.

Sin embargo, aunque desde afuera pareciera que no estaba avanzando, por dentro estaba cambiando. Aprendí a convivir con la frustración, con la incertidumbre y con el miedo de volver a intentarlo. Descubrí que seguir presentando exámenes después de tantas decepciones también es una forma de valentía.

Y entonces ocurrió algo que jamás imaginé.

No quedé en una universidad.

Quedé en dos.

Recuerdo perfectamente la mezcla de emociones. Primero llegó la felicidad, una felicidad tan grande que parecía imposible de describir. Después apareció el alivio. Finalmente podía decir que sí había un siguiente paso. Que mi historia no se había detenido para siempre.


Pero, curiosamente, junto con la felicidad apareció el miedo.

Porque durante tanto tiempo soñé con entrar a la universidad que nunca pensé en lo que sentiría cuando ese sueño se cumpliera. De pronto ya no tenía la excusa de "algún día". Ese día había llegado.

Ahora sí tenía que empezar.

Ahora sí tenía que demostrarme que podía.

Ahora sí tenía que enfrentar materias nuevas, profesores, compañeros, responsabilidades y la incertidumbre de haber elegido correctamente.

Es extraño cómo la mente funciona. Pasamos años deseando
una oportunidad y, cuando finalmente llega, también nos asusta.


Creo que ese miedo nace porque los sueños dejan de ser imaginarios y se vuelven reales. Mientras un sueño vive en nuestra cabeza es perfecto; cuando empieza a hacerse realidad, también existe la posibilidad de fracasar. Y eso da vértigo.

Sin embargo, hoy entiendo algo que antes no podía ver.

Esos dos años no fueron un tiempo perdido.

Fueron los años en los que aprendí a no rendirme.

Aprendí que el éxito no siempre llega cuando uno cree merecerlo. Aprendí que el tiempo de cada persona es diferente y que compararnos con los demás solo hace más pesado el camino. Sobre todo, aprendí que volver a intentarlo una vez más puede cambiar completamente el rumbo de una vida.

Quedar en dos universidades no significa que de repente me convertí en una persona extraordinaria.

Significa que nunca dejé de intentarlo.

Y eso, muchas veces, es mucho más importante que el talento.

Hoy sigo teniendo miedo. No voy a fingir que todo desapareció con una carta de aceptación. Todavía tengo dudas sobre si estaré a la altura, si lograré equilibrar tantas responsabilidades o si cometeré errores.

Pero ahora ese miedo ya no me paraliza.

Ahora camina junto a mí.


Si alguien que está leyendo esto siente que su vida está detenida, quiero decirle algo que me hubiera gustado escuchar hace dos años: 

"Ir más lento no significa haber fracasado. No conseguir algo a la primera no define el resto de tu historia. A veces la vida simplemente está escribiendo un capítulo que todavía no entiendes."

Yo tardé casi dos años en descubrirlo.

Y cuando por fin llegaron esas dos cartas de aceptación, comprendí que no solo estaba entrando a una
universidad.

Estaba entrando a una nueva versión de mí misma.

Una que aprendió que los sueños no siempre llegan rápido, pero cuando llegan, hacen que todo el camino haya valido la pena.

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